

Paseo por las viñas y el campo. Estupenda comida y sol en la terraza en donde un grupo de buenos amigos recuerdan las fiestas y las bodas, aquellas preguntas de primerizos y consejos inocentes. Por fin, una vez llegada la Virgen a la Iglesia parroquial, casi catedralicia, y celebrados los actos propios en la plaza, nos vamos a la fuente vieja. Antes en la habitación de los sombreros los sacamos todos -los hay de todos los sitios y épocas- y nos hacemos un montón de fotos que algún día nos arrancarán una sonrisa de nostalgia.
Son las ocho de la tarde, la explanada está rebosante de gente con todo el pueblo vestido de domingo y la banda municipal nos recibe con un inesperado y sentido Michelle, que me emociona, que continua con el irremediable Yesterday y un más pachanguero Obladi Odlada, que siempre me hizo desconfiar de Paul como compositor, a pesar de todo, mientras que Blanca, exultante, saca a bailar a los mozos del pueblo y Juan, en su salsa, nos presenta a sus fuerzas vivas. El que más y el que menos sigue el ritmo con los pies, con una caña en la mano, y yo recuerdo tantas fiestas con tantos Beatles en cada pueblo.
La noche siguió de bar en bar, hasta que ya a la una y media, ya en la casa de nuestros amigos, en el fragor de la ensalada, se me ocurrió ponerme a cortar tomate con un cuchillo más propio de Psicosis y me rebané el dedo gordo de la mano izquierda con el susto inicial pero también el regocijo de la concurrencia. Aunque pudo haber dudas sobre llevarme a urgencias, al final la hemorragia se cortó; de ésta no me he muerto.
Me corrige en su comentario Miriam, que me salvó el dedo apretandolo con el filtro de varios cigarrillos (para que luego digan que fumar es tan malo). Según ella, nadie se rió del corte, aunque me recuerda que el regodeo se debió a mi ulterior ataque de hipo que sirvió como fin de fiesta. El hipo está en un alto puesto, dentro de las humillaciones humanas, quizás justo después de la pérdida de los galones, que arrancaban de la guerrera del oficial traidor en las peliculas de indios. En fin, en mi crónica inicial había omitido la parte final menos vistosa.
En mi vida, como en la de tantos conciudadanos, las fiestas de los pueblos han sido siempre una ocasión repetida cada año de hacer alguna locura, cambiar el ritmo –a más- hacer el macarra con los amigotes, disfrutar y, según el momento y la situación, ligar con las vecinas o, mejor, con las foráneas, aunque yo como foráneo estaba cómodo con ambas.
En las fiestas vivías una libertad inevitable y casi náufraga, por el mismo hecho de que ningún control familiar era eficaz: estábamos de fiestas y sólo se sabía que acababan tres o cuatro días después, un domingo por la tarde, y que seguramente era mejor no preguntar hasta el lunes al mediodía.
En fin, muchas aventuras, bastantes memorables, algunas de las que no estar tan orgulloso.
En una vida sin sueño, los Beatles han sido una y otra vez la banda sonora de tantas ilusiones.
Los Beatles eran nuestro sueño adolescente, del que algunos, por momentos, no nos hemos despertado. En fin, una vida sin ilusiones, no es vida, no?
Abrazos
Javier



