martes, 26 de julio de 2011

Desde el Morezón

Dormir al raso en noche estrellada es posiblemente una de las experiencias que no hay que esperar mucho para repetir. Aunque esta noche los ojos se me cierran; la paliza ha sido brutal y caigo en seguida. La esterilla es cómoda y he tenido cuidado de ponerla en un sitio bastante libre de piedras. No sobra nada de ropa. En unas horas, me despierta el clarear del día y siento frío. Me doy una vuelta, me acomodo y me vuelvo a dormir. Al lado siento a Javier.


A las ocho nos hemos levantado y con el movimiento tratas de desentumecer los brazos y las piernas. Dejamos de caminar hace ocho horas y, desde luego, no estamos completamente descansados. Desmontamos el campamento, lo que en realidad se concreta en meter todo en las mochilas, recoger las esterillas y guardar los sacos. Entre mis asignaturas pendientes está la de meter un saco en su funda. Tenemos ayuda de Pepe. Javi refunfuña; su saco no cerraba bien y pasado la noche incómodo. Tampoco demuestra ninguna pericia tratando de guardar el saco. El sol nos despeja y nuestro primer desayuno consiste en agua y chocolate con nueces.


Comenzamos la marcha y vamos bajando entre las piedras hacia un campo de piornos que parecen recién levantados. El sol se refleja en ellos, sacándoles un amarillo tan brillante que no te lo esperabas a estas alturas. Empezamos a subir la loma que teníamos enfrente y seguimos una especie de senda, sin mucha piedra ni estorbos especiales que Gus identifica como la trocha real, por donde venia el rey a su refugio. Lamentablemente la trocha nos da para poco; en tres o cuatro minutos estamos fuera de ella y vemos más arriba el refugio, o más bien lo que queda de él. Arriba, pero no tan cerca.


Dejamos las paredes del refugio a la derecha, y poco antes unas marcas de la Federación española de alta montaña. Vimos alguna vaca y pronto volverán las cabras; esta vez en grupos más numerosos. Paramos en la fuente y nos damos un festín. Hace como dos horas que empezamos a caminar y a eso de las diez y media el sol se ha adueñado del cielo y pega, aunque no hace calor. Café con leche (todo en polvo), chocolate, algo de pan de ayer, lomo e incluso un filete empanado de pollo. Por fin empezamos a sentirnos bien y miramos el día con cierto optimismo. Gus cuenta un poco del plan del día y anuncia que seguramente en todo el día no volveremos a encontrar agua. Media hora después, volvemos a caminar y nos metemos por en medio de un mar de piornos entre los que es difícil avanzar. Descubro que se me ha caído la botella de agua de dos litros que llevaba cogida a la mochila y Javi y yo nos volvemos a buscarla. Un buen rato después, descorazonados renunciamos a la búsqueda.
El camino ahora se hace más fácil mientras nos acercamos al circo de Gredos. Al parecer aquí hace muchos miles de años había un mar, que, no sé por qué razón, se llamaba de Tetis. De ese mar debió salir un volcán que formó Gredos y desde luego su parte central. Gustavo se refiere a las dificultades del camino -tiene las botas rajadas- y a un libro que promete enviarme que se titula “Senderismo para masoquistas”. Aquí, nos hacemos cargo muy bien a lo que se refiere. Nos anuncia un espectáculo único y efectivamente lo es. Subimos una ladera de piedras, el camino súbitamente se ha hecho mucho más difícil, y de pronto nos encontramos en la cima del Morezón.
Efectivamente, lo hecho hasta ahora ya tiene recompensa. Durante un rato estamos mudos disfrutando de la vista, que muy abajo termina en la laguna de Gredos. Comemos algo. Algún pirado ha tirado la cruz que presidía la cima. A la vista de la falta de agua, el calor y el cansancio y que las botas de Gustavo están inservibles, cambiamos de plan y renunciamos a la subida del Almanzor, que tenemos delante. Ahora si que quema el sol.
Pasadas las doce y media iniciamos la bajada. Nos desviamos un poco para meternos en un nevero que encontramos, donde nos tiramos bolas de nieve y los chavales tratan de hacer algún tipo de trineo con las esterillas.
Algunas cabras nos miran: Seguramente piensan que estamos como ellas. Risas después seguimos bajando. La bajada vuelve a ser en zig-zag, en lo que llama Gustavo seguir una escalera (que a mi me parece que siempre es de caracol). Nos encontramos un auténtico cabrón que debe ser el jefe de todas las cabras que hemos visto. Tiene otro porte, más distinguido, y unos ojos que parecen inteligentes, casi humanos. Nos mira paciente y se va. A eso de las tres nos tumbamos sobre unas piedras, y nos tostamos al sol. Como media hora después encontramos una senda que nos lleva a la plataforma, donde está mi coche, y una especie de chiringuito con un toldo que vende coca-colas a un euro y medio. Pedimos unas cuantas. Nunca supo mejor.


Llegando a casa me encargan parar en un centro comercial a comprar unas cuantas cosas para cenar; parece que vuelvo vivo y supongo que se trata de rematarme.

miércoles, 20 de julio de 2011

Lloyd Cole, small ensemble y Pisco Sour

Lloyd Cole apareció en la escena de Glasgow con sus Commotions en 1984, con su fantástico Rattlesnakes. Pop escocés elegante, que llamábamos pop para oir en casa en zapatillas. Desde el principio se caracterizó por el exquisito gusto de las melodías y la delicadeza de su voz acompañada de guitarras limpias que dibujaban los ritmos. A ese primer disco le siguió el éxito de Easy Pieces del año siguiente. Tenía dos canciones excepcionales entre las que van a sonar esta noche, Brand New Friend, que abria el disco, y Lost Weekend. Durante los ochenta, el grupo nos ofreció un puñado de grandes canciones, como Jennifer She said, que estaba en el tercer disco, hasta que Lloyd comenzó su carrera en solitario con su primer disco en el 90.
Ayer, en el auditorio del Conde Duque –especialmente adecuado para este tipo de concierto, moderno, cómodo y con buen sonido- se presentó en Madrid Lloyd con Mark Schwaber y Matt Cullen, los dos músicos que forman la Small Ensemble y que le acompañan en los últimos años con sus guitarras, banjos y mandolinas. A lo largo de estos años ha publicado diez discos en solitario. El último, del año pasado, Broken record fue uno de los discos del año y ha sido uno de lo más escuchados esta noche, aunque va a tocar canciones de toda su vida.
Empieza diciendo que le gusta tocar en Madrid y que le gusta este local donde no huele a cerveza fría! Se pasa el concierto bromeando entre canción y canción, mientras afina sus guitarras. Llega a decir que podría haber traído un chaval que estuviera afinando las guitarras constantemente, lo que le daría una mejor imagen de Rock star, pero que habría que llevarlo a cenar y todo eso. Pide que le suban el volumen a su compañero y que a él, le bajen el aire acondicionado que le da directamente en el cogote. Suena su primer single y una de sus mejores canciones, Perfect skin. El set tiene dos partes, más sosegado el primero, algo más animado, con la mayor parte de sus grandes temas, el segundo. Movemos la cabeza y hasta nos animamos a cantar bajito los estribillos o las estrofas más conocidas. Repasa prácticamente todos sus discos. Are you ready to be heartbroken? Que tuvo su respuesta en la estupenda canción de sus paisanos Camera Obscura. La fantástica Woman in a bar, que incluimos en nuestra recopilación de los largos jueves. El sonido muy bueno, las canciones geniales, ya las conocemos. En cualquier caso, se echa en falta una banda detrás, con bajo y batería. Una propuesta acústica, incluso brillante y cálida como ésta, siempre se queda algo desvaída, aunque llevar a toda una banda suele ser algo costoso. Siempre quedan canciones tan sobrecogedoras como Forest Five (I believe in love, I believe in anything) en las que la voz hace casi innecesario todo lo demás.
Ha crecido. Este año ha cumplido los cincuenta. Sigue tocando bien la guitarra, sin limitarse a golpearla mientras canta, como hacen la mayoría de los cantautores. Juega al golf, al parecer con un estupendo handicap, y vive en Massachusetts, con su mujer y sus dos hijos. Luego nos vamos con Felipe y Nazaret a buscar algo de tomar que no desmerezca del concierto. Los pisco sour del Wakatahi son la mejor, y más próxima opción. Gracias Lloyd.







lunes, 18 de julio de 2011

los big Beach Boys en la playa de Madrid

Del cartel de los veranos de la villa de este año, lo que más interesaba era el concierto de Beach boys, o de lo que queda de ellos. Además me intrigaba si estarían a la altura del concierto de Brian Wilson, de hace como cuatro años, al que llevé a mi hijo Javi. Recuerdo que el melenas de la puerta le felicitó con mucho teatro cuando le conté que era su primer concierto; Javi sintió que el Rock le daba la bienvenida. Tiempo después, cuando me preguntó a que concierto me había llevado mi padre, le explique que esa iniciación no es la habitual ni, desde luego, con un genio como Brian. Aunque la semana ha sido muy complicada, al final he podido acercarme y hasta comprar la entrada en la puerta, ya que, aunque había una buena concurrencia, todavía quedaba sitio, y lo he visto muy bien en la pista delante del escenario.
En vez de otra música de apertura, que normalmente no tiene que ver con la producción del grupo, esta vez se escucha su canción Catch a wave, mientras salen los cinco músicos acompañantes y, a continuación, Mike Love y Bruce Johnston, con su mejor sonrisa, sus gorras y sus camisas de veraneantes jubilados de paseo por la gran via. Sin solución de continuidad, empiezan a tocar y cantar esa misma canción. Es una forma original –nunca la había visto- de empezar, que seguramente pretende mostrar que ellos son los mismos chicos, aunque sólo falten Carl, Dennis y Brian Wilson. Siguen Do it again, Surf City, Surfin Safari. La primera parte del concierto es estupenda. Pronto comprobamos que los músicos invitados tocan de forma competente y además cantan bien (entre ellos Christian, el hijo de Mike Love a la rítmica). Destaca John Cowsill, un batería muy eficaz que seguramente es el que mejor canta en el escenario. Love mantiene su voz, agradece estar aquí, dice que se siente en casa -en California las calles tienen nombres españoles-, y bromea con que hemos venido porque no tuvimos entrada para The Black Eyed Peas. Continúan con algunos tiempos medios, ya que no es fácil seguir el ritmo inicial y repasan las canciones más empalagosas de su carrera, que nunca me convencieron demasiado, aunque reconozco que esta noche suenan bien (por ejemplo, When I grow up to be a man). En algún momento Mike presenta a su hija, que no creo que vaya a volver a encontrarme en el futuro, al menos en el mundo de la música, y que destroza una bonita canción. Luego se meten en el Pet sounds, del que hacen una interpretación digna, aunque muy lejos del nivel excepcional del disco (uno de los diez? veinte? discos que hay que tener) y Heroes and Villians del Smile. El summertime blues, con sus excesos corales, no me gusta mucho como suena, aunque quizás es porque en realidad mi preferida es la versión brutal de The Who en su Live at Leeds. Acaban sus casi dos horas de concierto con algunas sus canciones infalibles California girls, Barbra Anne, que canta todo el público entusiasmado, Do you wanna dance?, Surfin USA o Good Vibrations. En fin, ha sido muy divertido. Todos lo hemos pasado muy bien. El escenario y el lugar estupendo, el sonido bueno, la banda eficaz, y las canciones, sobre todo las canciones sensacionales. No es, desde luego, el concierto del año, no han estado siempre a la misma altura y a veces ha parecido más en un recital en las Vegas. Pero desde luego, no han defraudado. No pasará a la historia: algunas versiones se quedan muy lejos de las que nos sabemos y, desde luego también, de las que disfrutamos hace unos años en el concierto de Brian Wilson, que fue excelente y que sí que ha pasado a nuestra historia. Abrazos. Javier

viernes, 15 de julio de 2011

Gin and Rock Summer Festival

Ayer jueves fue sin duda un gran y largo jueves que empezó muy pronto y tuvo todo tipo de reuniones, trabajos y celebraciones y que, después de un coctel junto a la Embajada de Francia, lleno de chicas glamourosas, terminó en el Gin & Rock Summer Festival en Mirasierra, convocado por el Barre y músicos y aficionados del mundo inicialmente del seguro y, a medida que se ha ampliado el circulo, diversos locos de sectores colaterales.
Todo empezó cuando mi amigo Barre comentó con un grupo de amigos las comidas que celebrábamos para contarnos nuestros descubrimientos musicales y hacer despiadada crítica musical. Siempre hablamos más de canciones concretas que de álbumes y lo nuevo no está circunscrito a las últimas novedades: Puede que algo nuevo sea una canción de The Triffids, The Drivers, los americanos Felt (no confundir) o los Silver Apples.
La convocatoria era tan sugestiva; descubrir canciones oscuras, tocar algo y libar algo más, con ese nombre Gin & Rock Summer party, que finalmente abandoné mi plan inicial de ir a ZZ Top, que ya se que estuvieron magníficos!, y me uní a la fiesta. En fin, que el día de la toma de la Bastilla, con participación de Adidas, una amiga cantante francesa y diversos músicos y cantantes, nos reunimos con unas guitarras, un órgano y algo de percusión para hacer unas cuantas risas regadas por diversos gin tonics ingeniosos pero siempre brillantes que nos servían algunos barmen.
Ante el éxito de la convocatoria, con bastante peña entregada y amplia presencia femenina, nada habitual en estas reuniones de melómanos, la fiesta Gin & Rock parece que se va a repetir en todas las estaciones; la próxima ya está fijada es en otoño, y sin esperar ni un día, nada más empezar el otoño, el 22 de septiembre.
De esta jornada me llevo a los Comet gain, oscuro grupo inglés de guitarras que nos presentó el mítico Izus. Después mi amigo Juan Pablo y yo pasamos por la sobremesa de la cena de mi clase; para terminar con ellos las diversas celebraciones
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martes, 12 de julio de 2011

Wynton Marsalis en los veranos de la Villa

Wynton nació, como parece que tenía que ser, en New Orleans. Va a hacer cincuenta años en octubre. Uno de los grandes del jazz contemporáneo, por ser precisamente el defensor del swing clásico, frente a toda esa moda que hace cuarenta años trató de llevarlo de la vanguardia a la fusión, y con tanta fusión, a la confusión de más de uno. Alli estuvimos nosotros en los primeros noventa una semana y estuvimos en un concierto memorable de bebop, de una banda de ancianos músicos emocionados, en un antiquísimo Celebration Hall, donde se cuenta que se dieron los primeros conciertos de jazz en los años veinte. Su padre, Ellis, pianista de jazz, lo introdujo en la música clásica y en el jazz, como a sus dos hermanos, y le compró una trompeta con seis años (eran otros tiempos, seguramente hoy los vecinos los hubieran echado del barrio o su mujer le hubiera quitado la patriapotestad). Pronto demuestra su virtuosismo y empieza a tocar en bandas. En los ochenta es ya muy conocido como trompetista, defensor de Duke Ellington o Miles Davis. Aunque uno está a favor de la buena música en general y por tanto de los grandes del jazz en particular, la verdad es que cuando mi amigo Felipe me contó que tenemos dos entradas para Wynton, tuve un momento interior de vacilación. Al fin nos encaminamos al escenario de la puerta del Angel, sitio privilegiado para conciertos en noches de verano, y con una vista espectacular del Palacio Real iluminado. Aprovisionados de cerveza para todo el concierto, la banda apareció uniformada y empezó sin más dilación con un clásico de Duke Ellington, I let a song go out of my heart. Y en seguida The tree of freedom, música clásica de uno de sus últimos discos.
El virtuosismo omnipresente, el orden de gran banda de jazz de los cuarenta, los muros de trompetas y los solos de los quince músicos. La sorpresa por los milimétricos cambios de ritmos. La eficacia de unas interpretaciones que parecen -que son- imposibles de mejorar. El sonido perfecto de los instrumentos; los vientos, la percusión, hasta una pandereta que nunca sonó mejor, el contrabajo. Me sentía por momentos retrotraído al Celebration Hall de New Orleans.
Casi todas las piezas estaban arregladas por Wynton o por los músicos de su banda. Parece mentira que no hiciera falta ni una mirada entre ellos: tocan muy juntos como formando un único cuerpo. No se trata de que suenen empastados; suenan como si solo tocara uno. Nos introducen en otras músicas, hasta una de uno de los músicos de la banda que suena casi experimental. Sigue una canción cantada por uno de los músicos, a los que presenta una y otra vez. Vuelven por Chick Corea, una pieza deliciosa que suena a son cubano, o Thelonious Monk y más tarde otra vez Duke Ellington.
Hubo hasta un bis, con el público entregado, con piano, percusión, y tres vientos, uno Wynton, para empezar con rock around the clock, y seguir tocando y cantando ese clasico de New Orleans de all the girls are crazy about the way I walk. Una gran noche.
javier

viernes, 1 de julio de 2011

Hacia las cumbres

El zumbido característico del mosquito me ha vuelto a despertar esta mañana. Apenas me siento humano, y lo poco que siento es el picor de varias mordeduras del mosquito de compañía, que no ha tenido el menor reparo en cebarse con mis pies. Creía que los mosquitos no picaban en las plantas de los pies; ya veo que no era la única cosa en la que estaba equivocado. Quizás mis pies al ser mi parte más débil en este preciso momento, es la que más ha atraído su atención.

Este puente hemos hecho nuestro bautismo de fuego en la montaña, que, ya podemos adelantar, no ha terminado en el viático. No es que no hubiéramos ido antes a una montaña, sino que nunca, hasta ahora, habíamos estado de esta forma, esfuerzo e intensidad. El impulsor de nuestra aventura es Gustavo que, aparte de constructor de caminos o de lo que se le ocurra, es montañero intrépido casi desde la cuna (que, en su caso, debió ser un saquito de dormir) y que, a estas alturas, conserva maneras y técnicas de verdadero alpinista. Buena muestra de su experiencia fue la lista que envió por correo electrónico de las cosas absolutamente imprescindibles para hacer una travesía por Gredos. Incluía la comida, un silbato, unos frontales, un sujetador de las gafas de sol, y otros muchos utensilios que me sorprendieron, lo que me tenía que haber mosqueado ya en ese momento.

Mi idea de marchar sugiere un camino más o menos indicado, con un suelo más o menos firme, aunque a ratos esté mojado o se llene de piedras o cruce riachuelos que sortear, con sitios previsibles para comer o beber e incluso, para dormir. La montaña no tiene nada de eso. En realidad no tiene nada, como mucho a veces tiene una fuente y … cabras. No hay señales, ni electricidad, ni luz, ni hielos (aunque hay neveros y puede haber mucho hielo, en abundancia y en singular), ni bares, ni máquinas de bebidas, ni sitios donde comer o dormir. Eso Gus me lo explicó por teléfono. Comes lo que caces (que creo que no hay tanto, ni se si se puede) o lo que lleves –esta última fue nuestra opción, por la dificultad de cargar a cuestas con la vaca una vez cazada.

Llegamos a la plataforma de Navarredonda, en la parte norte de Gredos y dejamos un coche que recogeríamos a la vuelta. Observé que mi amigo es un hombre de gran constancia, lo que le hace ir a casi la misma velocidad en autopista y en carretera de montaña con curvas y sin arcén. De hecho, unos motoristas suicidas que bajaban tumbados en una curva estuvieron a punto de comprobarlo. Paramos en el puerto del pico y miramos la vista y nos sorprende una vía romana en un magnífico estado de conservación.

A eso de las dos, con unos treinta y tantos grados y un sol poco clemente, llegamos a la parte caribeña de Gredos que, aunque pueda sorprender, existe tan cerca de Madrid. Las palmeras y la flora da buena cuenta de que el frio se queda en la parte alta de Gredos, de modo que esta vertiente sur mantiene temperatura y cultivos poco imaginables allí. Aparcamos en un sitio dudoso, al lado de un monumento a la cabra. Nos ponemos todos nuestros pertrechos y a las dos y cuarto empezamos a subir: Gustavo nos señala una rayita blanca muy arriba que dice que es el refugio, al que podemos llegar en unas tres horas. El camino en seguida va haciéndose algo más empinado. Llegamos a la fuente de Mariano y paramos a beber. Algo más arriba nos sentamos en una sombra y unos caminantes me saludan diciendo que me conocen. Nunca digo que no, porque en mi despiste es normal que efectivamente me conozcan aunque yo pueda jurar que no les he visto en mi vida: cuando me dicen que me conocen de que vivo en Toledo, entonces les saludo, me presento y confirmamos que no nos conocemos de nada.

Gus explica que hay que subir despacito siguiendo una escalera. Descubro que para seguir la escalera… hay que verla. En esto, nos topamos con un saco de dormir que se le ha caído a Javi de la mochila. No creo que hubiera podido dormir sin el saco en la cumbre. Llegamos a una fuente y a lo que se conoce como la apretura y de allí empezamos a subir en zigzag, por un camino que llaman las zetas. Me doy impulso para salvar un piedrolo inmenso y me doy contra otro pedrusco en la cabeza: me duele un poco y me hago un rasguño con un poquito de sangre. Seguimos y al fin, tras un recodo llegamos al refugio. Allí hay una especie de barreño de agua y me lavo la cabeza con jabón lagarto. El tipo que regenta el chamizo me pone betadine en la herida y le compro unos aquarius para pagar en algo su hospitalidad. Afuera los alpinistas hablan de la subida que están haciendo a los Galayos, que son las paredes verticales que tenemos enfrente desafiantes. Se acerca una cabra que nos mira con displicencia. A todo esto, comento con Gus que apenas llevo dinero y me dice que no preocupe que, a partir de ahora, no hay que comprar y que, como mucho, funciona el trueque. Tampoco me voy a encontrar cajeros; sólo cabras.

Pronto Gus y Pepe indican que queda más de una hora para subir a la Mira y que es la parte más empinada. Empezamos a subir y a pesar de que el sol es ahora algo menos implacable, esta es la parte que se me hace más dura. Tropiezo dos veces y apoyo todo el peso en el costado izquierdo, que me va doler unos cuantos días. Al fin llegamos a la cumbre y vamos llaneando entre grandes concentraciones de piornos, con sus florecillas amarillas y su olor profundo hasta coronar la Mira. Arriba hay una especie de torre hecha rústicamente con piedras y nos tumbamos en esa pared para contemplar el cielo y el paisaje sobrecogedor. Hemos subido 1560 metros desde el aparcamiento, aunque la media de velocidad no llega a un kilometro y medio a la hora. Comemos unos filetes frios y una cabra se nos acerca para que le demos algo. Estas cabras tienen unos ojos terribles, en forma como de rombo, que desazonan a pesar de su actitud confiada y dócil. A las nueve menos diez pasadas nos decidimos a seguir caminando hasta el sitio donde vamos a dormir, que nuestro Gus anuncia que está a dos o tres horas. Observo una incertidumbre poco habitual en la respuesta de nuestro zahorí.

Dice Gus que lo importante no es ver un hito sino ver también el siguiente y aún más el siguiente. Miramos a ver si vemos el primero; en la montaña Gus, David Croquet, es un vidente y nosotros titubeamos con faros de niebla. Descubro ahora el libro El explorador indio: saberes y artes prácticas del indio americano de Eastman, Charles y Alexander. Que pena no haberlo tenido antes!

Lo que se explicaba como llano, la verdad es que no lo es tanto, mientras Gus rastrea los hitos del camino, y Javi y yo le seguimos hito en hito.

Es uno de los tres o cuatro días más largos del año y la puesta de sol se eterniza, y la luz se mantiene hasta las diez y media o más. Estamos subiendo una pequeña montañita y nos ponemos los frontales en la cabeza para poder seguir con luz. A un lado tenemos un barranco; lo que pone cierta nota de aventura que ya no hacía falta en realidad. Descubrimos una especie de senda pero Gus en seguida advierte con su GPS que nos desvía de nuestro camino. Pasamos por encima del puerto de Candeleda y el GPS se despide de nosotros: mientras Gustavo carga su batería, encontramos unas rocas que nos pueden quitar algo del viento, molesto pero no agresivo, que hay en toda la cuerda de Gredos y que lleva ya mucho rato acompañándonos. El refugio del Rey y su fuente no deben estar lejos pero habría que subir todavía otro monte y ya no se ve nada. Ponemos las esterillas, sacamos los sacos y nos ponemos toda la ropa que tenemos; va a hacer algo de frío. Veo una luz a lo lejos que parece moverse. Gustavo me dice que se conforma con que no nos despierte, si sube aquí. Son las doce cuando apagamos los frontales.

El espectáculo de la noche llena de estrellas que parecen nuevas y enormes, como si fueran recién nacidas, es inolvidable. Abrazos doloridos, Javier


Un día en el Azkena Rock de Vitoria

Sábado del mes de junio, seis de la tarde, 35 grados a la sombra, tecer día del Festival Azkenarock. Fauna heterogena: restos de las tribus metaleras de los días anteriores (los cabezas de cartel del jueves y viernes habían sido nada menos que Ozzy Osborne y Queens of the Stone Age) junto a especímenes ataviados de indumentaria vintage (propia del rockabilly) dispuestos todavía a seguir al viejo lider de los Stray Cats, Brian Setzer. Muy buena organización: dos carpas principales que, practicamente, se van turnando con exquisita puntualidad. Termina el concierto en una, empieza el concierto en la otra. Por mi parte, acudo a Vitoria atraído por dos de bandas que muy raramente se ven por estos lares (The Avett Brothers y Bright Eyes) y por la presencia de otras dos que me suscitan curiosidad (Band of Horses y el abuelete Greg Almann). Lo mejor: The Avett Brothers, con un desenfrenado country-folk-rock americano, donde caben banjos, contrabajos, guitarras acústicas y eléctricas, teclados y las voces de los dos hermanos en cuestión turnándose al micrófono y haciendo armonías. Recomiendo vivamente "I and love and you", su último album, sobre el que gira gran parte de su actuación. Una gozada de concierto. Los Band of Horses muy bien pero tienen que vérselas, a las 7 y poco de la tarde, con una carpa que se convierte en un horno donde apenas se puede estar. A continuación, con un sonido espectacular, hora y media de blues con el bueno de Greg Almann. Sentado en un organillo de formas clásicas que parece un trono, el ex "Almann brother" no se esfuerza demasiado, pero se arropa en una banda poderosa. A eso de las once, Bright Eyes, con el muy prolíííííífico Connor Oberst a la cabeza. En esta ocasión, que va a ser la última porque parece que el grupo anda de despedidas, no me acaba de llenar: tres teclados/sintetizadores. Demasiado para mi. O tal vez era que empezaban a pasar factura las horas de deambular de un escenario a otro... Renuncio y regreso al hotel cuando daba realmente comienzo la noche con Brian Setzer, Paul Weller (anunciado para la una) y... Thin Lizzi (anunciados para las 2,45 de la noche??!!!). En suma: un festival a seguir. Parece que apuesta por viejos dinosaurios, pero también por grupos jóvenes de culto. Pero hay que entrenar antes para aguantar el tipo!!!
Antonio C