martes, 1 de septiembre de 2009

Santiago

Al dia siguiente vamos -en autobus, casi no podemos caminar- a por la compostela. A las diez ya hay una cola larguísima llena de europeos -muchos italianos y alemanes-. Dejo allí mi mochila, que ya recogeré a las siete y media. Abrazo al santo; ya me ves otra vez por aquí. Vuelvo todos los años, aunque no se si notas algún beneficio visible. Vaya! de algo, seguro que me sirve. Rezo en su tumba (la mayoría de los que bajan van con cierta mentalidad de atracción de Disney) y salgo a darme algún homenaje, de vierias, rodaballo y tarta de santiago.
Vuelvo a la catedral, tenemos misa del peregrino con botafumeiro; de hecho como peregrino iba a leer yo en la misa pero, en el último minuto, una monja decide que lea uno de los que ha pagado el incienso; normal.
Me tumbo en la plaza y miro la fachada y, de cuando en cuando, a la gente. En el aeropuerto, Ryan Air retrasa el avión, que ya salía tarde, como cuarenta minutos y por gentileza de esa compañia conozco a Teresa y Emilio una pareja de chileno y argentina, que viven en Madrid, con la que paso la espera. Nos damos correos y promesas de noticias en Septiembre. Llego a casa a las dos menos cuarto. Suficiente: nos vamos a Cadiz a las seis y media de la mañana. Abrazos.
PD Ahora si hay que hablar de música, ha habido bastante después. Por cierto, me vendaron el pie derecho y una ATS (Izaskun) de Cadiz me hizo curas varios días y no me he vuelto a poner unos zapatos cerrados en todo agosto.

viernes, 28 de agosto de 2009

La plaza del Obradoiro de noche

A las siete de la mañana, los cinco peregrinos del albergue de Bruma empezamos a prepararnos. El día anterior ha sido muy duro. Mis pies no se han recuperado nada; las ampollas, con sus tiritas y com-peed y no se que más, me escuecen. Hay algo de tarta de Santiago y alguna fruta. Desayuno casi sin sentarme. Son las ocho menos cuarto y salgo con la pareja de Murcia, Antonio y Carmen. Detrás los dos amigos más jóvenes, que nos cogen en unos dos kilómetros. Vamos muy deprisa. Anoche Benigno nos explicó donde estaban los bares, que son los únicos sitios que vamos a tener para repostar. Al parecer hay un bar a tres kilómetros, que nos encontramos cerrado cuando pasamos, y otro a los siete, en donde hay cafe y poco más (no ha llegado el panadero). Estamos en unas mesas difrutando de una buena temperatura mañanera que pronto desaparecerá. Justo delante de la terraza donde estamos, nos encontramos con una especie de parque temático de aldea compuesto por lo menos por un cañon antiaéreo, un kart, y un dinosaurio encima de un promontorio, además de alguna otra figura de dibujos animados. Hay más adelante unas cabras, de verdad, cuya función en este improvisado circo da lugar a algunas risas. Pasamos por la iglesia de San Paio de Buscás. Un sendero entre el bosque nos lleva a Outeiro de Abaixo donde vemos San Xiao de Poulo. Aquí paramos en el siguiente bar, donde ya ha llegado el pan; unos bocadillos inmensos de jamón que según el mesero son los mejores de la zona (no se si eso es mucho decir: no veremos ningun otro bar en los próximos quince kilómetros) y refrescos. Un trailer se para en el bar con el motor en marcha a nuestro lado y los diez minutos siguientes rompe la tranquilidad del momento. El tipo del bar -mucho mejor puesto que los anteriores- nos dice que hay fuentes en el camino (luego no las veremos, si es que las había).
Pasamos por el Ponte Pereira. Parece que esta es una zona de mucha agua, que normalmente hace poco prácticable el camino, pero el calor asfixiante de estos días ha secado el camino. No hay mal que por bien no venga. Vamos entre la vegetación bromeando. El de Jerez luego va a la playa de la ballena, por donde también pasaré yo los últimos dias de agosto. Llegamos a unas casas y un señor mayor de pie, observandonos bajo la sombra de un árbol en la intersección de dos carreteras, nos señala una manguera donde beber. El agua sabe algo a goma, pero no estamos para catas. Seguimos por una espaciosa cañada real como ocho kilómetros. Tiene árboles a sus dos lados pero a suficiente distancia como para que no nos den ninguna sombra. Es la parte más dura del camino por ahora. Pienso constantemente en que por fin encontremos una señal que nos envíe por una bocacalle umbria pero no existe más que un camino recto y ancho con un sol justiciero encima. Cruzamos hasta nueve caminos antes de ver, a las tres y media de la tarde, los primeros edificios de Siqüeiro (me cuesta unos cuantos intentos aprender a pronunciar ese nombre; hay que decir la "u").
A la izquierda, encontramos un parque con un pequeño estanque, descansamos algo y vamos hacia algún sitio a comer. De pronto nos topamos con la piscina con árboles y cesped, con la que venía soñando desde que tomamos la calzada real. Hablamos y dejo a mis compañeros que se van a comer a un restaurante con aire acondicionado. Me meto en la piscina (para lo que me dejan un gorro de baño, a los peregrinos se nos deja los demas lo compran por dos euros). Creo que cuando me zambullo empiezo a emitir vapor. Al menos así lo siento yo. Los pies son un poema. Me dejo flotar. De natación poca o nada; hago el muerto y esta vez no es por simple placer. Sesteo bajo un árbol. Las bañistas, madres con niños, o niñas y algún amigo, me miran con curiosidad. Me siento como un excombatiente del Vietnam. Me incorporo a las cinco y después de otro baño, pido un bocata caliente y me pongo de acuerdo con mis compañeros; están reservando algún sitio donde dormir en Santiago. Vamos a seguir. Nos encontramos en un bar con sombrillas rojas sobre las seis y veinte. La chica que regenta la piscina y organiza el polideportivo donde se puede dormir (en el suelo, claro) me ha dicho que estamos a 17 kilómetros de la plaza del Obradorio. Hasta este punto hemos caminado ya hoy 33. Total 50 para hoy: total nada. El mundo es de los valientes... de los valientes aunque cojitrancos. Seguimos por la calle real. Paramos diez minutos en la hierba un jardin bajo el puente medieval que cruza el río Tambre y las seis y media Norbe, Josiño y yo retomamos el camino. No hay dolor.
Tenemos muchas ganas de llegar y también bastante prisa. Nos quedan tres horas y media de sol. Sobre las ocho menos cuarto, llevamos como siete kilómetros. Los árboles nos protegen del sol y hay pequeñas subidas y bajadas al lado del río. A partir de ahora bajamos el ritmo, Jose tiene algo así como una rotura de ligamentos y empieza a ver las estrellas, sobre todo al bajar. Empezamos ir claramente al lado de la carretera general. Pasamos por la Iglesia de Barciela y la fuente del inglés. Allí paramos un momento. El camino nos envía varias veces a dar un rodeo y subir un "repechito" de cuando en cuando para luego volver a desembocar nuevamente en la carretera. En una de éstas Norbe oye una música estruendosa que reconoce como el capullo de Jerez y subiendo un poco nos encontramos en mitad de una fiesta gitana. Algunas chicas nos miran y se ríen. Aunque Norbe reduce el paso, seguimos sin parar para evitar que crean que tenemos algún interés que pueda no entenderse. Seguimos lo rápido que podemos y bajamos otra vez a la carretera. Para entonces, la realidad -que no el sentido común- ya se ha apoderado de nosotros y ya sabemos que no llegaremos al Obradoiro antes de las diez. Entramos en la ciudad, pasamos por el monumento al peregrino. Seguimos y preguntamos a una señora asomada a un balcón cuando queda: dos kilómetros. Desde lejos vemos la Catedral. Los dos kilómetros mas largos del camino. Pasamos por la rua da troiá, donde está o estaba la famosa pensión. Al entrar a la plaza la tuna ha empezado a cantar con el regocijo de ún corrillo amplio de público y nuestro. Nunca sonó mejor la tuna. Emoción y magia. La fachada está iluminada. Se me acaba de acabar la bateria de la maquina de fotos y haga una movida con el movil que envío a algunos amigos. Hemos llegado a las diez y media. Empezamos a las ocho menos cuarto. Cincuenta kilómetros. Nos quedamos allí parados como alelados. Salimos de nuestra ensoñación para seguir por la calle Franco y entramos en la avenida de Rosalia de Castro, donde está nuestro hotel, "... qué número?" pregunto, vaya, el ciento y pico... llegamos a las once y cuarto donde nos esperan la pareja de Murcia. A las doce menos cuarto, hasta salimos, ya en chanclas, a tomar algo de jamón y, en un garito de al lado, un increiblemente merecido roncito. Abrazos

domingo, 23 de agosto de 2009

Una buena jornada al Hospital de Bruma

El camino desde Miño tiene una primera fase corta hasta Betanzos, otra de las poblaciones históricas de este camino. El camino sube mucho. Pasa por San Pantaleón das Viñas y San Martiño de Tiobre. La vista de la ria es esplédida; Otro día de sol y calor ¿adonde se han escondido las nubes en las rias altas?
No me voy a encontrar a nadie en todo el viaje. Además los peregrinos pasan una buena parte de la jornada visitando Betanzos, con su puente y, en seguida, sus plazas y sus iglesias de Santiago, San Francisco -especialmente majestuosa- y que tiene la tumba de Fernán Perez de Andrade y, al lado en la plaza, la de Santa María de Azogue. Desde que entro por el arco da ponte vella, me quedo más de media hora allí. Me acuerdo de que Victor me había advertido de que a partir de este momento el camino va de aldea en aldea. Por eso, antes de salir, me desvío unos metros para comprar en un supermercado.
Subo algo y el camino rural me lleva a Abegondo, cruzo un puente de Limiñon y llego a Meangos, donde parece que hay algo de vida. Hace calor y el sol reina encima de mi cabeza. En estos momentos, uno empieza a pensar en cual será la siguiente etapa. El destino previsto está todavía a algo menos de treinta kilómetros hasta Bruma, me parece un mundo. Quizás haya un sitio donde parar en Presedo: me animo con esa idea (totalmente falsa). Me pesa la urgencia de llegar a una bar, una tienda, .... o a alguién: si ... a alguién porque de pronto me doy cuenta de que desde la una y media no he visto a un parroquiano o peregrino. Sólo me he cruzado algunas vacas y algún caballo. Cruzo una pequeña carretera y de pronto veo un vehículo del Concello de Abegondo que se para y me da animos y comenta el calor vengativo que está haciendo (pero ningúna información salvo que hasta Leiro no hay ni una fuente ni nada para atender al peregrino). A las dos veo que no tengo bateria en el movil y empiezo a pensar en eso del golpe de calor. Después de una subida me tumbo a la sombra, tomo unos frutos secos y me quedo como quince minutos dormitando. Sigo por un camino amplio y veo una especie de boca de riego y me remojo. Tuerzo en una carretera en mitad de un valle, veo a lo lejos la iglesia de Loiro y al lado pegado a ella antes de llegar, un gran techado con unas mesas y asientos. Es una especie de apeadero del camino o un proyecto -boceto- de albergue. Encuentro una fuente y me siento feliz al descubrir un enchufe donde conectar el movil. Parece el sitio perfecto para quedarse: agua, sombra, un asiento de cemento donde echarse y red para cargar el teléfono. Falla la red: el enchufe no funciona y me da miedo ir sólo todo el camino sin teléfono movil. Mi gozo en un pozo.
En seguida, continúo por una carretera que parece que se llama calle Franco y de pronto veo una casa con una señora mayor en su jardín, a la que saludo. Le pregunto si le importaría dejarme cargar mi movil en su casa -y se lo doy- y le digo que yo me quedo fuera sentado debajo de un árbol. Ella me dice que pase y me siento en un sillón de su jardín. Me ofrece un café que yo agradezco de corazón. Es más, su marido, ya mayor y algo enfermo, es andaluz y por eso ella hace gazpacho. Desde luego es el mejor y único gazpacho de toda la zona. Me encanta, repito de gazpacho, que hace como lo hacía su suegra. Mi comida se concreta en dos tazas de gazpacho y dos cafes con aguardientes, que le trae su yerno. Aparece su marido Manolo. Ella me dice su nombre Piedad, le digo que ese nombre le queda que ni pintado.
Me dice que puedo quedarme en el colegio a dormir, que me pueden abrir, y que una señora me puede poner una palangana con agua con sal para los pies. Le puedo decir que voy de su parte. Estoy allí hasta las seis y media. Llamo al albergue de Bruma y me animo a seguir. Me quedan como quince kilómetros.
Sigo mi travesía; preciosa entre la fronda, con pasillos entre los arboles que forma un techo bajo el que camino y por el que a veces se cuelan los rayos del sol de la tarde. Voy llaneando durante un buen rato. Llego a una carretera y subo algo a la izquierda y llego al bar Julia, donde hay un perro y una señora mayor, que miran. De pronto el camino gira a la izquierda y la carretera empieza una subida muy empinada y larga. Miro el suelo y aprieto el paso. Bruma esta a casi 500 metros sobre el nivel del mar y empecé a 200 metros está mañana. La subida es la peor de todo el camino, sigo subiendo unos minutos sacando una fuerza que no creia que me quedaba. Las rodillas no me molestan, pero los pies ... ya me dolían en Miño. Voy por un camino luminoso y me dicen, una señora que me quedan dos kilómetros, poco después, un aldeano, sobre 7 kilómetros. No pregunto más. Un vecino me saluda y da agua y me dice que estuvo en el cuartel de ingeneros de Villaverde en Madrid. Me lo dice con la seguridad de que ese cuartel es conocido en todo el orbe y, desde luego, por todo Madrid, y yo por supuesto, así se lo aseguro.
Paso por enésima vez por encima de una autovía y en el camino sigo subiendo por un camino que dice algo así como parque de helicopteros de la Xunta. Sigo subiendo y me paso algúna señal. Son las nueve y pico de la tarde. El sol me ha estado dando directamente en los ojos (otra vez se me han olvidado las gafas de sol). Estoy desconcertado y llamo al albergue. Por fin me recoge Benigno a dos o tres kilómetros del albergue de Bruma, que él junto a su mujer, gestionan. Seguro y eficaz. Otro nombre que esta bien puesto. Benigno me da todo tipo de instrucciones. El albergue, que fue antes su casa, está limpio y cuidado. Meto los pies en un pequeño arroyo y los pies me escuecen horriblemente. Allí ceno con los compañeros a los que les han traido una cena en coche desde un restaurante. Me dan ensaladilla rusa, compartimos cena y tomamos unas cervezas. Son dos amigos uno de Ferrol y otro de Jerez, Jose y Norbe, y una pareja de Murcia. A las once me acuesto, ha sido un gran día,... y la verdad, una gran paliza. Javier

jueves, 20 de agosto de 2009

de Ferrol a Miño, un paseito?

Sorprendentemente, la noche en el Eden no fue tan perfecta, tardé mucho en dormirme y dormí regular; estaba nervioso e impaciente como otras veces antes de una aventura como ésta. A cada poco irrumpía un sonido agudo y casi inaudible -que normalmente no me hubiera molestado- que al principio alcance a oir y luego me dediqué a escuchar.
Desayuno; mientras me hacen las tostadas me dan un "sobao" que me sabe mucho mejor que en Madrid. Después de pasar por las Angustias, voy por el paseo hasta el muelle de Curuxeiras, donde los ingleses, alemanes, y nordicos cristianos en general (no hay mucho vestigio vikingo, al menos no medieval) aparecieron por aqui, por lo menos desde hace mil años. Hay noticias escritas de que en 1147 una escuadra de ingleses y germanos llegó a este puerto y después de arrodillarse ante Santiago se fueron a ayudar al Rey de Portugal y luego a las cruzadas. En fin, un monje islandes habla del camino ya en el siglo XII.
Después de la Iglesia de San Francsico estoy en el Arsenal que es un rectangulo propio del urbanismo de mediados del XVIII. Aparezco en una plaza y pregunto a un conciudadano como se llama el de la estatua. Mi cicerone improvisado me explica que Amboage un benefactor de la ciudad que daba un sueldo a todos los ferrolanos mientras hacían el servicio militar y al que se le tiene mucha devoción aunque parte de su fortuna parece que la hizo con el trafico de esclavos.
Esta plaza es muy amplia, rodeada de edificios históricos e iglesias, tiene alguna terraza y seguramente se anima mucho por la tarde. Paso por la Plaza de Armas, con el Ayuntamiento y sigo hacia los astilleros y una escuela militar de marina. Nadie sabe a ciencia cierta donde está el camino de Santiago; un parroquiano me preguntá por qué hago el camino al revés; que todos sus amigos vienen de Francia (como los niños de París?). No veo rastro del camino en ninguna parte. Tengo claro que tengo que evitar el puente de las pías, que me parece que así se llama; hay que bordear toda la ria sin atajos. Voy hacia Neda. Empiezo una avenida de Castilla que tiene como diez kilómetros y que amenaza con dejarme directamente en Pozuelo si no me meto por alguna bocacalle. Veo pintadas de la Polla Records, vaya se acuerdan de ellos por aqui! y llego al ayuntamiento viejo de Narón. Una funcionaria municipal sorprendida me sella la credencial después de preguntar a sus compañeros.
Tengo que desandar algunos cientos de metros para tomar el camino de verdad y llegar al
Monasterio de San Martino de Xubia (o couto) que parece que es del siglo VIII. Merece la pena la vista. Me encuentro un grupo numeroso de scouts del norte de Italia, hablo un rato con los que comandan la expedición. Harán esta camino sin demasiados excesos en unos seis días, quieren llegar a Santiago el 17.
Sigo costeando con una vista preciosa de la Ría y diversos puentes. La marea está baja. Me meto por un camino bajo el sol y encuentro una única sombra de un puente que pasa por encima y allí tumbadas cuatro chicas muy vistosas, que habia visto antes a lo lejos, que me piden fuego, una se estaba cambiado cuando he llegado y me sonrien. Su pinta es más hippie que peregrina y su próximo destino la playa más cercana.
Paso por un antiguo molino que funciona con las mareas y sigo hasta Neda, llevo 15 kilómetros. Dejo de lado el albergue y la Iglesia de Santa María. Por la Rúa Real me encuentro el antiguo hospital de peregrinos en el que entro y resulta que es la oficina de la policia municipal. Me desconcierto cuando me dicen que no me sellan ellos, aunque lo entiendo mejor cuando salen a la calle y me indican la oficina de turismo donde además informan y tienen un recuento de la gente que pasa.
Allí está creo que Victor que se sienta conmigo y me explica como va el camino y los sitios donde dormir y me da algunos consejos prácticos. Me busca además el teléfono del hostal en Siqüeiro.
Sigo por la rúa real de Neda. Con mi optimismo natural quiero llegar a la playa de la Magdalena a comer. Paso por Fene y veo una grúa inmensa del astillero de Astano (hay una asi aunque creo que más grande en Cadíz). Salgo a una rotonda entre varias carreteras y en un restaurante lleno de gente la camarera me recomienda una ración de chipirones que me sabe a gloria. Encuentro un grupo bullicioso de peregrinos de Valencia, son muchos y están medio desperdigados, se quedan en Puentedeume. Como y en unos cuarenta minutos, por un camino muy bonito que a ratos forma pasadizos entre los arboles, llego a la playa de la Magdalena.
Hace como treinta grados y estoy cansado, son alrededor de las cuatro y media; pido la cerveza más fria y más grande en un chitringuito, me baño -sin mucha natación- y luego me ducho en las duchas de la playa. Me cambio y después de un a media hora continúo. La playa está frente a Puentedeume y está enmarcada entre las dunas de pinos y el mar. Sigo al puente de unos 600 metros en el que lo mejor es que los coches hacen fila atascados y por una vez tengo la sensación, transitoria, de que yo voy más rápido. Subo a la Iglesia de Santiago que al parecer mandó construir el arzobispo Rajoy y paso a la torre de Andrade donde sello. Este es un pueblo lleno de soportales y, sobre todo, cuestas. La sensación de que todo el pueblo se ve desde el puente como en una exposición se debe precisamente a que todo está en un desnivel. Sigo subiendo más y más. Se acaba el pueblo y sigo subiendo. Cuando empiezo a acariciar la idea de los peregrinos que he ido encontrando de dormir en Puentedeume, de pronto se abre un camino a la izquierda que va a ir llaneando casi todo el rato incluso baja en momentos. La luz de la tarde es brillante y el paisaje amplio. Hemos dejado de lado el mar y sólo lo volveremos a ver al final en Miño. Toda esta parte del camino es preciosa. De pronto hay una última subida que me sorprende y llego a un puente medieval donde Marisa se está liando un canuto. Nos hacemos unas cuantas fotos y seguimos hasta Miño charlando animadamente.
A las 9 y diez llegamos a Miño a una calle medio principal que tiene varias ferreterias. Marisa se va al albergue con la idea de bañarse en el mar y a mi me rescata Santi, que tiene una casa notable con una vista espectacular de la ría. Maribel me enseña orgullosa su casa. Cenamos toda la familia junta y hablamos de caminos y aventuras. Isa me da una aguja para pincharme las ampollas. Hasta ahora, nunca me habían salido el primer día del camino. Se deben no tanto a los 39 kilómetros sino sobre todo al calor del día. Parece que el tratamiento de las ampollas exige dejar un hilo cruzando las ampollas, pero ya es bastante agresivo para mí pincharmelas como para pensar en una operación como cosermelas.
Esta vez duermo como un saco.

martes, 18 de agosto de 2009

El camino ingles de Ferrol a Santiago

El lunes día 10, una vez cerrado un lio que nos había tenido trabajando unos cuantos meses, llamé a la oficina de turismo de Ferrol para enterarme de donde dormir y como conseguir una credencial para sellar las etapas del camino. Cesar me lo solucionó todo; reservé nada menos que en el Eden y allí me dejo la credencial el mismo Cesar de camino a su casa. Despues de comer me cogi un taxi a Barajas. El taxista llevaba el rock and roll de Led Zeppelin y acababa de descubrir el led zep IV y terminamos medio cantando el wholla lotta love del II, que era lo que más le gustaba.

El plan tenía un pintón! Avión a La Coruña y de alli en autobus a Ferrol. Preciosas vistas, sol y calor. Desde la estación de autobuses de Ferrol, llegué callejeando al Eden, donde me atendió una chica muy agradable, casi angelical como correspondia al lugar, y dejé la mochila en el piso de arriba en una habitación muy sencilla (y desde luego, más que buena por veinte euros). Después de unas pocas vueltas, me encontre en una parroquia a don Jesus Perez, con el que, buscando una misa de peregrinos lo más temprana posible, terminé perdido dentro de la zona de urgencias de un hospital (donde al parecer habia una a las 7 y veinte de la mañana, según le habia confirmado por telefono la madre superiora) y en una zona con puertas que se cerraban a nuestras espaldas, rodeados de enfermeras sorprendidas y cirujanos atónitos: que hacen aqui?, no pueden estar aqui, ustedes con quien vienen, o ... sólo puede haber un familiar y ... cosas así. Todo se resolvió cuando explicamos que sólo queríamos salir de allí.

Después de dejar a don Jesus y de pasear por la zona cercana a mi Eden, me metí a cenar algo (bonito con tomate) en un bareto con pretensiones de restaurante del casco más o menos viejo y apretarme una botella de la tierra. Repaso la gente que he ido conociendo, encantada de echarte una mano y no he empezado; lo bueno empieza mañana.

Aquí los parroquianos entran, se acercan y te desean buen provecho y miran valorativamente a una madre américana que recuerda lejanamente a la bisset y cuyo bebe llora desconsoladamente. El grupo lo conforma un abuelo local con sus dos hijos y cada unos de ellos con sus mujeres, extranjeras, y sus respectivos nietos llorones. Y un grupo de trabajadores de los astilleros que me saludan. En fin, ésto ha empezado.

sábado, 8 de agosto de 2009

La huida a Santiago

Llegado a estos dias, la postración amenaza con apoderarse de mí en Madrid y la blackberry da signos de atoramiento. El calor, del que intento no hablar con el secreto propósito de hacerlo insignificante o incluso inexistente, se ha impuesto al fin; sin quererlo nos estamos licuando.
Es momento ya de irse de vacaciones mejor esta tarde que esta noche, mejor mañana que pasado. Pero ésto no se arregla con unas simples vacaciones, se arregla con una huida en toda regla. En mi caso me vuelvo al camino de Santiago.
Hago el inglés, que no se bien donde empezará en Inglaterra (si es que en esa tierra puede haber algo que sea el camino de Santiago, aunque bien pensado todos los caminos llevan a Santiago; a lo mejor un año lo empiezo en Ibiza o Cerdeña...). En todo caso yo lo empiezo en Ferrol (voy en avión a La Coruña el lunes en cuanto pueda, y de allí a Ferrol, luego a Miño y así hasta Santiago): me pierdo el trayecto desde Londres y la travesía a remo desde Pool.
Parece un viaje algo duro y precioso, con mucho bosque y monte y poca carretera. El año que viene repetiré, si Dios quiere, el francés desde algún sitio como Cebreiro y más adelante quizás vuelva a hacer el portugués o continúe el de la Ruta de plata que este año empecé con Javi (y conté en este blog). De todas maneras antes de irme tenemos que hablar de música para el calor. Un abrazo

lunes, 3 de agosto de 2009

Bruce llenó el Zorrilla y arrasó

Llegamos al AC Santa Ana de Valladolid sobre las cinco y media, después de darnos un pequeño homenaje en el Torreón de Tordesillas. Había cierto ambiente de seguidores de Bruce y una pareja de la guardia civil. El había ido directamente a la carpa que tiene en el estadio pero allí estaba toda la E Street Band, y allí nos quedamos a saludar a Nils Logfren, la violinista Soozie Tyrell, al propio Clarence, que paró para las fotos, con un bastón y agarrado a una acompañante muy espectacular, que no sabemos si es su personal trainer o su novia o ambas cosas, a una de las coristas y a algún otro miembro de la banda.
Estabamos cerca y cuando llegamos al estadio, sobre las ocho, ya vimos carteles de que el parking estaba completo; el llenazo se confirmaba: al parecer nadie (ni los Stones o Depeche) había conseguido llenar el Zorrila, con unos treinta y cinco mil espectadores. Largas colas para entrar que nos permiten comernos los bocatas que, previsor, ha traido Juanpi. Entramos en la pista con otros cuantos miles.

Nada más pasar las barras, con las birras en la mano tenemos una visión insospechada; a nuestro lado pasa Luis María Anson perfectamente trajeado y acompañado de dos o tres hijas o sobrinas. Aquí está hasta Anson. Nos vamos acercando por el lateral de modo que nos quedamos razonablemente cerca del escenario con Patricia, José Luis y los demas amigos.

A las nueve y veinte aparece Roy Bittan y toca un pasadoble con su acordeón; lo han hecho en cada sitio; empieza tocando algo diferente que sea identificado como propio por la gente del lugar (en Londres empezaron con el London Calling; no se si hubiera sido capaz de resistirlo, veinticinco años después de ver a The Clash en Madrid empezar su concierto exactamente con ese himno).

A continuación sale Bruce y el resto de la banda. El principio es arrollador: Badlands y No surrender, después de Night, toca una de esas grandes que suenan habitualmente Hungry heart (aunque luego no tocará The River, del mismo disco que siempre está en el set): “Todo el mundo tiene un corazón hambriento, coge tu dinero y juega tu parte”.

Outlaw Pete, la primera del último disco, queda impecable, con una inmensa pantalla que nos lleva al lejano oeste, y que termina Bruce con su sombrero vaquero. Inesperado es otro viejo clásico Spirit in the Night. El Workin' on a dream, que da título al último disco, suena mucho mejor que en estudio –aunque eso se puede decir de casi todas las canciones que toca y en especial las que no son tan brillantes-. Seeds, Johnny 99, y Trapped. Ha bajado varias veces a saludar a los de las primeras filas y ahora empieza a recoger carteles que le dan con títulos de distintas canciones. Raise Your Hand. De una gran pancarta saca la siguiente canción, Great Balls of Fire, de Jerri Lee Lewis, el rock más clásico. De un sobre inmenso saca Something In The Night.
De pronto toca una pegadiza y destacable canción de su último disco: Surprise, Surprise, y es que todo el concierto está siendo eso, la mayor parte del set es alternativo. Lleva desde el mes de marzo que empezó más de setenta canciones que varia en cada concierto de modo que el concierto de hoy no es que no sea idéntico al de ayer –como pasa con todos los demás grupos y músicos, casi sin excepción, y mejor que así sea- sino que puede ser muy distinto.
My Love Will Not Let You Down, y Waitin' On A Sunny Day, una canción esperanzadora del Rising, en el que pasa el micro primero a una chica y en seguida a un niño de unos diez años que llega a entonar el estribillo medio bien y a quien el público mucho más que entregado le da un gran aplauso.

Los bailes folkies de The Promised Land, que repite en sus últimas giras. Una canción que destila optimismo, como todo el concierto, como el mismo Bruce. Sigue Girls In Their Summer Clothes, muy de este tiempo, que me gustó mucho del disco anterior y que ha tocado habitualmente en su gira anterior. American Skin (41 Shots); Lonesome day y The Rising.
Llevamos mucho tiempo de bailar cantar y dar botes pero ahora empieza lo bueno; Born To Run hubiera sido el momento álgido del concierto, si no hubiera seguido, sin parar y con su repetido one-two-three, el rockandroll básico, seven Nights To Rock (Monday…); juegos de guitarras entre Steve y el boss, con el slide guitar de Nils, la memorable American Land y cuando creíamos que se acababa del todo, nada menos que Bobby Jean. Bruce ha subido al escenario a una chica con la que está bailando, (he leido que el domingo por la tarde estaba entre el público en el aeropuerto de Villanubla para despedirse de él; no se te olvidará nunca). Dancing In The Dark y, finalmente, Twist & Shout con la bamba. Al final, el delirio, como tantas otras veces, “Que noche tan bonita, gracias Valladolid, os queremos”.

Estamos cansados? En realidad no, o al menos no lo sentimos; estamos pletóricos, después de no se cuantas veces de ver a Bruce; Bruce no se repite aunque lo parezca; cada movimiento, broma, grito, gesto lo hace con tal fidelidad y derroche que no puede estar fingiendo: Es su mayor mérito, este año dará como ochenta conciertos; cada uno de ellos lo da como si fuera el último, como si fuera el único que va a dar, al público nuevo que lo ve por primera vez y a los que lo seguimos desde hace años. Transmite la emoción. Ese es su secreto, por eso al fin casi podemos decir que el set list de cada concierto es lo menos importante. Incluso canciones menos agraciadas de sus discos suenan redondas, eficaces, deslumbrantes en vivo, en manos de la perfecta banda de rock and roll. Nos vamos de marcha por Valladolid, a la plaza de Coca y aledaños, buen ambiente y bastante hambre insatisfecha en el personal: al fin en un bar hay pan de ayer o antes de ayer. Le damos vueltas a irnos mañana por la mañana a Santiago, el último concierto de la gira; pero el lunes hay que trabajar en fin. Gracias Bruce y seguro que nos vemos pronto. Javier