lunes, 13 de abril de 2009

Mi cumpleaños y Bart Davenport


Si, el 13 de abril esta vez no ha caido ni en martes ni en viernes, sino en lunes; después de una corta escapada a Granada y una mucho más larga a Bournemouth, en la que por cierto he mejorado la buena opinion que tenia del disco de los Fleet of Foxes, de los Vampire Weenkend, y de unos cuantos más. Entre esos discos no ha faltado el Palace de nuestro amigo de hace ya algunos años Bart Davenport (también me gustaba antes pero estoy colgado con éste desde hace varios meses que lo llevo recomendando a los amigos del mejor paladar). Toca ya hablar de esta música reparadora, casi para oir con dolor de muelas (que ha tenido el magnánimo detalle de no empezar hasta montarme en el avión en Gatwick). Musica que me retrotrae al Josh Rouse de 1972, que tanto nos gustaba a mi primo Javi, Jesús, Paola y a tantos amigos. El palace es brillante pero tranquilo. En seguida me gana el ritmo sincopado de Jon Jon... esa guitarra tan facil y esa voz tan clara; los coros justos y limpios. Ese soul mil veces visto pero siempre eficaz del A young one, es verdad. Me gusta mucho más la escapada del When my dream. Aunque no haya nada nuevo, todo es una buena mezcla de la música americana que ya has oido. Me gustan las guitarras del Dangerous One, pero la verdad es que el final me resulta especialmente redondo y eso me parece especialmente generoso en los tiempos en los que estamos, el Lil Bunny me hace terminar el disco flotando en un mundo feliz en el que ya no hay crisis: con el sol en la cara encima de los acantilados de Old Harry Rocks, donde hace cuatro dias estabamos. En fin, un año más; hay esperanza. Javier

jueves, 2 de abril de 2009

Al fin llegamos a Salamanca

Esta noche si hemos pasado frio. Me desperté a las seis y veinte y después de sacar una mano desistí de sacar la otra. A las siete tengo tanto frio que me vuelvo a meter en la cama para vestirme. Me parece ver un aparato de calefacción; ya es tarde. Despierto a Javi y le doy la ropa para que se vista dentro de la cama; me dice que está helado. Hago el desayuno. Este albergue tiene galletas, además de pan y un microondas (y también una nevera con alguna vianda donada a la ciencia por algún caminante anterior). Tantas atenciones nos hace sentirnos honrados -aunque no sorprendidos, ya que en mi investigación de ayer encontré nada menos que champú en el baño, excepcional en el camino- y, mucho más allá de las expectativas de cualquier caminante miope, un inesperado liquido para lentillas!!...(Nuria me explicó que ella trabaja o trabajaba en una óptica). Caliento un cola-cao para Javi, que en un principio se queja ruidosamente porque, al parecer el cola-cao se toma frio –aunque luego entiende que si ya estás congelado puede que lo mejor sea beber algo caliente-. Ayer me dolió el empeine y la rodilla derecha –vestigios de un esguince, el primero, y del baile del pogo en Cambridge en el 79, el segundo-. Me pongo algo de fastum gel, que me sobró del camino del agosto pasado y que es mano de santo. También a Javi que se queja algo de un pie.
Es hora de partir en nuestra cuarta y última jornada; apenas han dado las ocho y salimos de este refugio tan acogedor. Nadie en la calle; todos duermen o al menos no hacen ningún ruido. El camino se dirige entre unas fincas, esta vez el paisaje es infinito y expedito el camino; no hay ninguna barrera, ni artificial ni natural. No hay árboles a los lados ni riachuelos que sortear. El viento es el dueño, pasamos el bastón de una mano escarchada a la otra tratando de evitar su congelación: Sopla helado con saña y me acuerdo de los guantes y de ese jersey que desprecié olímpicamente hace cuatro días. En fin ¿quién hubiera pensado en un gorro para la cabeza? Javi me reconoce que en estos momentos la aventura parece empezar a irsenos un poco de las manos. A todo esto, recuerdo que nos quedan cuatro o cinco euros, que parecen exiguos para tratar de preparar un verdadero plan de rescate.
De pronto el camino se bifurca pero parece claro que hay que pasar por el próximo pueblo cercano, Morille, a tres o cuatro kilómetros. Nos acercamos al pueblo con la ilusión de encontrar una estancia con un fuego y un café caliente. Tiene pinta de bastante nuevo y residencial; se ve que el alcalde lo está cuidando. Mucha casa de piedra y dos o tres plazas puestas con algún gusto e intención. Hasta un albergue municipal, aunque lamentablemente cerrado como si no se abriera hasta el verano. Nos tranquiliza ver un cartel dice que vayamos al Bar de Isa, pegado al albergue. No, nuestras ilusiones son pronto desmentidas por la realidad; Isa debe dormir el sueño de Cenicienta y no se espera a ningún príncipe, o mejor aún el sueño el de los justos.
Estamos helados y no parece que haya motivos para la esperanza. Son las nueve y el sol, aunque imbatible en el cielo, no puede con el frío justiciero de la estepa. Son las nueve y media cuando la Providencia parece apiadarse de nosotros y deja sensiblemente de soplar. Nos reconforta y aunque seguimos a buen ritmo, nos confiamos un poco: de ésta seguramente no nos morimos. El camino se hace andadero y pronto empieza a subir hasta una encina que vemos aparecer a lo lejos y a la que alcanzamos como media hora después. Se nos cruza un jinete con un caballo de competición. Desde la encina se vislumbra un panorama amplio y a lo lejos se ve un pueblo al que creemos que llegaremos en seguida; dos horas después nos daremos cuenta de que no hemos llegado y de hecho el camino termina por dejarlo por imposible, a la derecha sin entrar.
A continuación empezamos a subir un repecho hacía un monte que amenaza con otra buena ración de sufrimiento, pero cuando cruzamos una calzada que linda una finca con sus cultivos, nos encontramos que el camino tuerce a la izquierda y nos ahorramos una buena cuesta. Paramos un momento, nos cambiamos de calcetines y bebemos agua, que hoy llevamos de sobra.
Son las doce y con el ángelus llevamos una larga conversación sobre las cosas que uno descubre a los trece años, en la que destacan las ganas de salir por ahí con los amigos.
Estamos entrando en un pueblo, del que no sabemos el nombre. A estas alturas lo único que sabemos es que llevamos caminando a toda máquina más de cuatro horas. Cuando estamos llegando a ese pueblo oímos las campanas de una iglesia y alli nos encaminamos. Nos metemos en misa de doce y media y salimos rápido para intentar volver al camino. Preguntamos pero de entrada nadie nos sabe decir; no parece sonarles ninguna ruta y nos miran con extrañeza. Cuando empiezo a temer que nos hemos perdido, pregunto a una chica con cara de lista y enormes gafas de sol, que cruza la carretera para decirnos dos cosas que me devuelven primero la confianza y luego el resuello. Con satisfacción nos dice que estamos en el camino -es todo recto y además en seguida nos separamos de la calzada- y que nos quedan tres kilómetros.
Albricias! Ya no hace ningún frio, es la una y media, y nos quedan no mas de cuarenta minutos.

En poco más de cien metros salimos de la carretera, cuando ésta se convierte en una rotonda enorme, y nos metemos por un sendero que nos llevará hasta un puente romano sobre el Tormes. Según parece la mayoria de sus pilares son de aquella época. La vista de Salamanca presidida por su catedral añade a la espectacularidad de siempre la emoción del fin del camino y la culminación de nuestros esfuerzos. Subimos hacia la catedral, dejando un famoso jardin atrás y nos perdemos entre los meros turistas y los turistas estudiantes, de todas las nacionalidades, y vamos preguntando por un restautante muy recomendado por Juan Pablo, que al parecer cerró hace casi un año, según asegura un parroquiano. Vamos por la rua mayor y llamamos por telefono al restaurante de Raul el marido de Nuria; cuando estoy preguntando por él me doy la vuelta y resulta que está enfrente de mi. En la terraza, con ambiente de domingo luminoso y bullicio universitario, nos lanzamos sobre el rissotto, alguna carne y una fondue de fruta con chocolate, que entusiasma a Javi y despierta cierta envidia de las comensales de al lado. Increiblemente, Javi quiere un helado y se pone a hacer una larga cola en la heladeria de la Plaza Mayor mientras yo hago como si fuera un Erasmus más y me tiro a tomar el sol en mitad de la plaza. A estas alturas ya he dejado las zapatillas y tengo puestas las alpargatas para descansar. No desentono con el panorama general. Vueltas y vueltas, la casa de las Conchas, al albergue para sellar nuestra credencialde la ruta (que nos dió el padre Blas y sobre cuya autenticidad parece haber algunas dudas en la autoridad del camino, sea ésta cual sea). Por fin un taxi a la estación de autobuses. Salimos a las seis, duermo algo mientras Javi se entretiene con la Ipod. Objetivo cumplido y aventura inolvidable que tenemos para contar Javi y yo, y por supuesto el Gran Garri. Abrazos, Javier

lunes, 30 de marzo de 2009

A San Pedro de Rozadas; montañas y molinos

A las siete y poco, después de una noche en la que me he movido un poco porque no he llegado a estar cómodo en el saco, me levanto rápido. A las siete y veinte levanto a Javi por el procedimiento del tirón y nos bajamos a desayunar donde Garri y el padre Blas ya están en plena conversación en la cocina. Están haciendo café en una de esas cafeteras italianas de toda la vida, y ésta tiene pinta de ser de verdad de toda la vida por lo inestable que resulta cuando te sirves. La charla se anima a esa hora tan temprana. Blas me cuenta que ha estado hablando con la pareja de ayer hasta la una y media y, bueno, no duerme mucho, pero, qué puede hacer? Me cuenta sus planes para la peregrinación que van a hacer este verano con carros y burros a Roma desde Asis y la romeria de treinte kilómetros que ha organizado el sábado de Pascua. Le dejamos casi todo el dimero que llevamos (que es poco), confiando en que la famosa superbancarización nos depare varios cajeros automáticos, sucursales, oficinas de representación bancaria y seguramente hasta banca de inversión, a lo largo del camino. Luego nos convenceremos de que, al menos en la ruta de la plata la bancarización es un mito: el dinero es siempre metálico.
Garri se va en coche a San Pedro de Rozados y nos encontraremos más o menos a la mitad. Luego será más bien bastante más. Blas propone que nos veamos en el pico del aguila, creo que se llama.
A las ocho y cuarto empezamos a caminar por un sendero con las montañas nevadas de la Sierra de Bejar a la espalda. El cielo está limpio, hace sol y viento frio. Vamos rápido, como con prisa. El paisaje es inmenso y emocionante, charlamos de todo, y no sólo de rock y sus derivaciones –casi todas, salvo el death, poco interesantes para Javi, aunque yo tengo fe en el ser humano, incluso en mi hijo-. El suelo húmedo a veces nos moja las zapatillas que llevamos (de larga travesia del Decathlon). En algun momento, como ayer, tenemos que salvar zonas de aguas, saltando entre piedras. Nos encontramos unos cuantos miliarios. Luego empezarán a aparecer cruces de tiempo en tiempo; son altas y simplísimas. Nos metemos en un coto de caza, que no será el último y vamos cruzando fincas, para lo que hay que abrir las cercas, algunas con alambradas de pinchos y alto riesgo de cortarse.
Empezamos a subir, llegamos hasta el pico al que se refería el padre Blas y que está coronado con una serie en lineas discontínuas de molinos. A lo lejos, en el camino de ayer o durante la mayor parte del de hoy sus aspas no impresionaban, pero aqui, ya muy cerca, nos parecen gigantescos.
Arriba, a las tres horas y media de subir paramos para tomar lo poco que tenemos. Apenas llevo el agua que nos quedó de ayer -la raciono para Javi-y ahora si que hace calor: nos sentamos a mirar el paisaje que es impactante. Tomamos unas barritas de cereales que ví en la cola de la caja del Decathlon y que providencialmente compré por si acaso antes de salir.
Acostumbrado al camino en Galicia, donde hay un bar, o una aldea con bar, detrás casi de cada árbol, aquí las distancias se hacen sin ver ni otros caminantes ni ningún otro ser humano, lo que no hace ninguna falta. Tampoco encuentras lugar alguno donde repostar, y eso en cambio si es preocupante, sobre todo si no lo has previsto, como lógicamente era mi caso.
Después de lo que nos parecen ocho o nueve kilómetros de subida, empezamos a bajar abrutamente. Lo peor es que el terreno sigue siendo muy desigual y hay que tener cuidado para no torcerse un tobillo. Precisamente Javi se queja un poco porque se ha hecho daño al subir. Estamos rodeados de almendros y robles, y el bosque tiene aspecto mágico. Ahora de pronto, nos hemos metido en un cuento de hadas. Algo más abajo nos encontramos con una carretera sin tráfico y detrás de un recodo a Garri caminando hacía nosotros. Paramos, Javi se bebe lo que queda de agua y celebramos el reencuentro.
Nos quedan como diez kilómetros para completar los veintiocho de hoy. Sobre todo nos quedan muchos cerdos que vemos en el camino y que sorprendentemente atraen el interés de mis compañeros, también vacas y toros, bastante grandes. Lo que nos queda por encima de todo es una conversación de unas dos horas y pico, entre Garri y Javi sobre los Reyes de España y fechas de su reinado y luego otro set de preguntas sobre geografía. Cuando nos quedan unos cuarenta minutos su conversación flaquea y entonces tomo el relevo y les animo contándoles la construcción del tren transistmíco y luego del Canal de Panamá y termino con la revolución de los panameños contra Colombia, con el oportuno apoyo de los yankees, y la independencia de Panamá. El final está siendo duro y el sol no perdona. Luego cuando voy a tener que empezar a hablarles del sistema de pensiones de las enfermeras de Panamá y de los pilotos del Canal, temas que también conozco pero de mucho menos interés cinematográfico, afortunadamente sale a la derecha una bifurcación de la carretera y se anuncia San Pedro de Rozados.
Llegamos sobre las tres y media; llevamos caminando como siete horas y media, y a buen ritmo.
Buscamos el albergue el Miliario. En la casa de enfrente vive su dueña, Nuria, hospitalera con la que hablé el martes y me aseguró que tendríamos sitio. Para eso tuvo el detalle, muy de agradecer cuando eres un mero caminante sin techo, de avisar de nuestra llegada a Manuela (el albergue de Blas tiene un número alto aunque seguramente indefinido de sitios para dormir).
Después de conseguir pan, para lo que tuvimos que sacar de su casa a la panadera, Nuria nos puso una mesa en su jardin y nos sacó agua y vino. El vino nos lo regaló y, aparte de que en ese momento me supo a gloria, tenía un nombre inolvidable; Orgasmus, que embotella el dueño de un bar en Salamanca que se llama Erasmus. Al parecer, entre esos dos conceptos hay más que una mera similitud fonética. Al menos eso piensa ese bodeguero y mi primo Santi de Sevilla. Después de comer, Javi se metió en la litera y durmió de cinco a ocho. Garri y yo nos metimos en una misa del peregrino, que esta vez era de un entierro. Después Garri se fue a Madrid -no había sitio donde tocar la guitarra- y después de una ducha y una siestecita, desperté a Javi y terminamos de comernos el embutido que llevabamos. Nuría me contó como había llegado a este pueblo y se habia metido en el mundo de los albergues (es presidenta de la asociación). Me habló de la gente que ha conocido aquí. Luego casi se le quema la casa con el fuego que tenía encendido, pero al fin fue sólo un susto. La verdad es que una parte fundamental del encanto del camino es la buena gente que te vas encontrando en tantos sitios. Muchas gracias.
Muy pronto, como a las diez y cuarto, Javi y yo nos vamos a dormir: ha sido un dia largo y mañana hay que levantarse pronto.

jueves, 26 de marzo de 2009

A Fuenterroble de Salvatierra

Me levanto a las siete y cuarto para poder ducharme antes de avisar a Garri y a Javi. Nos hacemos el desayuno, con mucho pan, más quemado que tostado, con mantequilla (ni rastro del aceite prometido). Hace algo de fresquito y agradecemos el segundo café caliente. Al final nos enredamos entre dejar las guitarras y los sacos de dormir en el coche y terminamos saliendo casi a las nueve. Garri deja el coche en el albergue y empezamos a caminar. Nos despedimos de Pedro que está esperado el autobús del colegio. Tenemos un camino de unos 22 kilométros. Empezamos a buen ritmo. Hay bastantes árboles todavía y Garri va preguntando cuales son. Hay hayas y robles. Sopla algo de viento frio. A las once, llegamos a una iglesuca de un pueblo, en el que no parece que viva nadie, y estiramos las piernas en el crucero central de la plaza. Comemos algo de fruta que llevamos.
La conversación, básicamente entre Javi y Garri discurre en un juego en el que Javi trata de pillar a Garri con preguntas sobre geografía (el rio más largo del mundo: vale es el Nilo, pero exactamente cuantos kilómetros tiene, eh?) . Hay un dispensario médico que según el tablón de consultas debería estar abierto, pero el dispensario, y cualquier otro establecimiento, público o privado, están cerrados a cal y canto.
Seguimos por el camino, en medio del campo, y empezamos a subir una larga cuesta al principio no muy empinada pero cansina por momentos. Cuando mis compañeros empiezan a cansarse de la cuesta y después de unos cuantos kilómetros más llegamos a Valdecasas, donde nos parece atisbar un bar y una mujer que sale por la calle nos anuncia incluso un auténtico Supermercado!! Auténtico siempre que prescindamos de cualquier idea preconcebida sobre la distribución comercial en Pozuelo o aledaños. Lo cierto es que la tienda tenía unas cuantas de las cosas que se suelen encontrar en un supermercado y, sin duda, muchas más que las que habíamos visto hasta ahora en el camino. Se me ocurrió preguntar si se podía pagar con visa: estupor en la cajera. Compramos fruta, frutos secos y algunas bebidas y nos aparcamos en unos bancos cerca del camino entre sol, con calor, y sombra, con frio.
Sobre la una menos veinte volvimos a la ruta y nos hicimos rápido, con el sol en los hombros, los siete kilómetros hasta Fuenterroble de Salvatierra, al que llegamos a la vez que un autobús con los chavales de la ESO que llegaban del cole; unos quince. El pueblo tiene un nombre largo y bonito y un lider espiritual, el padre Blas, empeñado en que el pueblo, si no largo, al menos, si que sea tan bonito como su nombre. Todo el camino ha sido agradable, soleado aunque no caluroso, al menos la última parte. Javi aguanta bien.
A las dos y cuarto encontramos el albergue parroquial y entramos en una especie de cuarto de estar con chimenea y las paredes pintadas de naif religioso (obra de una peregrina canadiense que decidió quedarse unos días hace un año ya). Están sentados a la mesa don Blas y Esteban. Dan cuenta de unas tortillas de tres o cuatro huevos cada una, ensalada y un chorizo cortado en rodajas: nos ofrecen lo que tienen. Y el vino… que no falte. Agradecemos todo y le pregunto si, siendo viernes, no seria mejor tomar otra cosa que el chorizo y Blas, después de sorprenderse del día que es, nos saca un poco de arroz. Comemos con agradecimiento la comida que sacan y compartimos la fruta y una empanada que traemos. Esteban come en silencio sin hacernos mucho caso, hasta que de pronto se destapa y hace una crítica general del mundo que empieza con los franceses y termina con su declaracion solemne de que es marxista. Antes nos habla de las huelgas en a Universidad de finales de los años 60 (él ponía cañas al parecer en Medicina), de su restaurante en el mediterraneo donde iban todos "Paloma San Basilio, los Rollings, y todos esos"(casi no me recupero a oir juntos esos dos nombres). En fin, su exposición está trufada de tacos, todos ellos en superlativo.
Buscamos unas literas arriba en la buhardilla y Javi me reconoce que es lo más parecido a un pirata que ha conocido en su vida y después de comentar el porcentaje de tacos por frase (casi por palabra), se sumerge en otra de sus siestas, esta vez de dos horas y media, mientras Garri yo nos acercamos al bar a tomar un café y a charlar. Después Blas se lleva a Garri y a las tres francesas del principio, que han llegado averiadas, a Guijuelo. Garri ira en autobús a Bejar y de alli a Calzada y volverá en el coche. Despierto a Javi a las siete menos cuarto y nos vamos a la misa del peregrino que nos ha organizado el padre Blas en la Iglesia, que está en reconstrucción, como un centro cultural y de interpretación cercano.
Damos una vuelta y volvemos al bar donde siguen poniendo la mezcla de flamenco pop de carretera que ya nos sobresaltó por la tarde y que me hace desconfiar del éxito de la globalizacion.
De vuelta, tiempo para tocar, mientras vuelve el padre Blas de un pueblo cercano (atiende cinco pueblos) y Esteban en la cocina prepara un guiso verdaderamente suculento de cebolla, tomate, pescado y alguna cosa más. Acaba la mujer del alcalde de dar clase a unos niños, en la habitacion que sirve de comedor y cuarto de estar y de casi todo lo demás, y nos sentamos con un francés, u holandes, Blas, Esteban y Garri. Blas me habla con pasión de todo lo que hace, de la gente que pasa por su albergue, de sus carros y sus burros, de sus peregrinaciones y de todos sus planes. En eso llega una pareja que viene desde Pinto, ella es Nathalie holandesa que se va a bautizar. Hablamos del futuro, de que se van a casar, de los niños, "los que Dios quiera": eso pueden ser cinco, les digo yo. Charlamos hasta de la dichosa crisis. Esta vez dormiremos algo mas incomodos y frios, pero emocionados con los nuevos amigos, sus planes y sus historias.

miércoles, 25 de marzo de 2009

En la ruta de la plata

El viernes 20 de marzo estoy aquí sentado en el suelo del zaguán del albergue-casa parroquial (la casa de la risa según Nuria) del padre Blas, en Fuenterroble de Salvatierra. Acaba de irse Garri a Guijuelo y son las cinco; cae el sol como si quisiera derrumbarse encima mía y trato de proteger mis ojos mientras escribo. Hace unos cuatro o cinco días cuando de pronto se me ocurrió que había que huir a algún sitio en la fiesta de San José, antes de que me volviera tarumba del todo. El martes 17 las previsiones del tiempo eran buenas. Me acordé de que Javi y yo teníamos pendiente un camino que muy bien podíamos hacer estos días. Una especie de iniciación de un hijo, con trazas de roquero y caminante como su padre. La iniciación bien podía ser en la vía de la plata, de Bejar a Salamanca, que me recomendó mucho Juan, escritor, caminante, fotógrafo y corresponsal en sitios extraños, del que me hice amigo en el camino portugués el verano pasado, caminando hacia Redondela. Es muy bonita, transitable, con poca carretera y menos ajetreo, me dijo. A Javi le encantó la idea (le pareció una auténtica aventura, y la verdad es que lo es).
El jueves por la mañana a las 7 y cuarto, Garri nos recogió de casa y nos dejó en el autobús de las 8,30 a Bejar. Sobre las once y cuarto llegamos a la estación de autobuses de Bejar. Nada mas salir preguntamos como ir a Calzada de Bejar a dos parroquianos que nos dieron versiones distintas. Hicimos caso al que nos pareció de más confianza, que nos metió en una pura carretera angosta y, por tanto peligrosa para los caminantes. De todas maneras el camino nos ofreció vistas estupendas de Bejar, en su cortado, murallas, iglesias y monumentos. Al empezar, una anciana nos contó que ella hacia tiempo había hecho ese camino. Nos pusimos a caminar por la carretera que va a Ciudad Rodrigo, unos once kilómetros. En un pequeño tramo final nos metimos a la izquierda y todo cambió: nos encontramos un camino ancho con árboles y llegamos a Calzada, donde al fin dimos con Manuela que nos esperaba en su albergue, que se llama Alba y Soraya -los nombres de sus hijas-, y entramos a la vez que tres peregrinas francesas de mucha experiencia –por edad-, que, por lo que oímos, habían dejado a sus maridos trabajando en Francia. Elegimos una habitación con dos camas y un baño cerca.
El pueblo básicamente se compone de una iglesia cerrada y un bar abierto. Nos acercamos al bar. La dueña, Lola, estaba comiendo y mientras terminaba disfrutamos de una cervecita al sol (Javi un sprite) y contemplamos el nido de una cigüeña en el campanario de la Iglesia. Comimos especialmente bien (nada en particular: macarrones y filetes de lomo pero inesperadamente bien hechos y mejor devorados) y nos fuimos a dormir mientras aparecía Garri, que venía en coche con las guitarras. Javi empezó un régimen de siestas canónicas que en esta ocasión sólo llegó a las dos horas. Yo me quede más corto.
Al llegar Garri nos fuimos al puente de la Malena, según la recomendación de la Señora Lola, que forma parte del camino y que fue el paso histórico desde los romanos entre Extremadura y Castilla. Hay un miliario y un camino que sube y que empezamos un poco. En seguida seguimos para un pueblo sorprendente y completamente desconocido para nosotros hasta ahora, Montemayor del Río, con plaza y un castillo espectacular que divisa una gran panorámica desde arriba, de allí el nombre del pueblo. Un pueblo que huele a éxito turístico.
Cogimos las guitarras y nos fuimos al bar, en donde encontramos el único atisbo de vida social en Calzada. Lola se animó a tocar y cantar flamenco. Cenamos algo, tortilla, cañas, y cantamos más; wish you were here, across the universe y todo eso. Cantamos juntos. Llevo mi guitarra de 12 cuerdas; todo va bien mientras no haya que afinarla. Pedro, el pequeño de los tres hijos de Lola, se sienta con nosotros, está en 6º, nos enseña su raqueta y su Wii, que tiene pirateada y tiene todos los juegos. Se hace amigo de Javi. Grandes momentos hasta las once, que nos fuimos a dormir.

lunes, 23 de marzo de 2009

Paul Collins de nuevo en el Sol

El pasado sabado 14 tuvo lugar el reencuentro anual de Paul Collins con sus creyentes. Gente de Rock Indiana, amigos y allegados. En el Sol, como las últimas veces. A las once y cuarto salió con el grupo que le acompaña desde el último año. Viene de New York donde ha vuelto a vivir. Con un sombrero y muchas ganas de disfrutar y hacernos disfrutar. Venia a presentar otra vez su Ribbon of gold, que ya lleva un año en el mercado y que ya tuvimos ocasión de comentar aquí: Para mi es la gran obra que faltaba en la vuelta de Paul. Es un disco que los aficionados al power pop o al pop rock no pueden perderse.
No todo se escribió en el The Beat de 1978. Mi amigo Pablo y yo habíamos quedado por ahí y llegó como siempre con su kiosko de discos, el libro de Paul (está escribiendo uno nuevo) y, esta vez, camisetas de the Nerves y the Beat. Sonaron todas sus canciones, subieron al escenario unas cuantas chicas a bailar (de esas que desde luego no estaban en el 77, ni en la movida ni en el colegio). Me sorprendió con gran alegria descubrir entre el público de las primeras filas gente joven que se sabía muy bien las canciones de los últimos discos pero no del the kids are the same o del primero; aqui hay futuro.
Saludó a buena parte de sus amigos de Madrid, donde ha vivido unos cuantos años, que estabamos alli. Dió recuerdos a Antonio (se ha quedado en casa durmiendo, no?). A Pablo le pregunto si había traído sus discos, gran chico, lleva 20 sin ganar un duro, a Jose luis que esta con su ducados alla al final. Cuanto me gusta el publico madrilenio que no para nunca de hablar”, presento a su amigo Octavio con el que grabó los dos últimos discos y tocaron varias canciones juntos. Un gran musico y "un tipo fabuloso" pero cuando se ponen a grabar juntos les pasa de todo por que "es... un tio" (en el ambiente quedo flotando la imagen de éste haciendo todas esas cosas que se supone que un rockero hace cuando es... un tio, en fin). Tocó una canción de los Nerves que nunca más habia tocado desde el 76. Terminó casi a la 1, con el rock and roll girl y el hanging on the telephone.
Nos contó cosas de sus primeras actuaciones, de su primera gira con the Nerves, de lo que se encontró y de lo bien que lo paso cuando llego a la España de la movida, nos preguntó si nos acordábamos, algunos más que algo. Un concierto de los que crea afición.
Abrazos y como dice Quico, nos vemos en Majadahonda, en el Rei Louie el viernes 24. Javier

sábado, 21 de marzo de 2009

24 ABRIL, REY LOUI

LO DICHO, QUE EL VIERNES 24 DE ABRIL TOCAMOS DE NUEVO EN EL REY LOUI, A LAS 12.30 DE LA NOCHE. OS ESPERAMOS A TODOS.